lunes, 20 de febrero de 2012

Resumen: Aristóteles, Etica nicomáquea, II y IV

Aristóteles, Ética nicomáquea, libros II y IV

Resumen versión de Valeria Molina

La felicidad es el fin último de todas las acciones del hombre; y es el desarrollo de la virtud lo que constituye la verdadera felicidad. Las virtudes de orden moral, las aludidas dentro de estos capítulos, nacen particularmente del hábito y la costumbre, es decir que, independientemente de su naturaleza, es la continua repetición las que las desenvuelve y cristaliza como reales capacidades. Las virtudes se aprenden, y se aprenden siempre mediante la práctica, resuelve Aristóteles.

Platón (Leonardo) con el Timeo y Aristóteles (Miguel Ángel) con la Ética. La escuela de Atenas, 1512, fresco de Rafael Sanzio

Es así que las virtudes no se manifiestan sino por actos y afecciones, y en obligada consecuencia, por el placer y el dolor. El autor razona que es la virtud del alma, es decir, de origen moral, la que nos prepara en torno a la mejor conducta posible al momento de enfrentarnos al dolor y al placer, ya que, especialmente este último es una llamada al vicio difícil de resistir. Aristóteles afirma que para que una acción sea considerada virtuosa es necesario que la persona que obre se halle en cierta disposición moral; la acción virtuosa es consecuencia de una elección reflexiva, firme e inquebrantable. Es así como la cualidad adquirida o virtud, se entiende como la actitud moral en la que se está para sentir todas estas pasiones.

Entendiendo que la virtud es, sobre el objeto en el que recae, su buena disposición y consecuente recta ejecución; es el justo medio de dicha acción, alejado del exceso y el defecto, la prudente moderación, la excelencia. Saber conservar el punto medio, la verdadera medida, es una perfección que sólo se encuentra en la virtud, explica Aristóteles. La virtud es, entonces, un hábito que dependiendo de nuestra voluntad consiste en un punto medio con respecto a nosotros, se regula por la razón y la forma en que lo haría un hombre sabio; el justo medio varía así de persona en persona y de virtud en virtud, siempre con respecto a la perfección y al bien.

Es así como Aristóteles prosigue a darnos diferentes ejemplos de virtudes: la liberalidad, la cual se dice sobre el medio prudente en lo relativo a la riqueza; su continuación natural, la magnificencia, que hace referencia al empleo de dicha opulencia; el punto medio que no ha sido nombrado aún entre la ambición excesiva y la indiferencia completa hacia la gloria y los honores; sobre las relaciones sociales y sus vicios ya sean desmesurados –como el agradar de manera compulsiva a los demás– o reducidos –la irascibilidad y la negativa de tratar con ajenos–; o sobre la prudencia en la veracidad y la franqueza. Sin embargo, es el hombre magnánimo el que goza de la más alta estimación. La magnanimidad es la grandeza de alma; la capacidad propia de los hombres dignos de las más grandes tareas. Los magnánimos son reconocidos por sus amplios méritos y obtienen la mayor recompensa: el honor; el magnánimo tiene, pues, como principal objetivo la búsqueda del honor, el reconocimiento máximo de los demás sobre el individuo.




Resumen versión de Mauricio Prado

En el libro dos de su Ética nicomaquea, Aristóteles habla sobre cómo las virtudes se deben formar mediante el hábito, ya que no las poseemos por la simple acción de la naturaleza. Tenemos la posibilidad de las virtudes en nosotros, pero falta desarrollarlas plenamente mediante los hábitos. No somos virtuosos simplemente porque podamos serlo, sino que tenemos que practicar de forma constante estas virtudes para poseerlas.
Aristóteles argumenta que tanto el exceso de los ejercicios es nocivo como la falta de estos. Esto es, que no se debe caer en los extremos y se debe buscar un sano equilibrio.

Nuestras acciones están determinadas por dos condicionantes naturales: el dolor y el placer. Tanto el placer como el dolor nos alejan de las virtudes, porque, por un lado, la búsqueda de placer nos inclina a hacer malas acciones y, por otro, el miedo al dolor nos impide actuar bien. Pero la total falta, tanto de uno como de otro, llevará también a otro vicio. Por eso es necesaria una buena educación para saber cuándo, cómo, dónde y ante qué complacerse y contristarse.

Ahora bien, Aristóteles menciona que la virtud pertenece al campo de las cualidades y los hábitos (descartando los campos de las facultades y pasiones).  Y aclara que la virtud es “respecto a la cosa sobre que recae, lo que completa la buena disposición de la misma y le asegura la ejecución perfecta de la obra que le es propia.” O sea que la virtud es lo que hace que algo se desarrolle de manera perfecta.

Respecto a la naturaleza de la virtud, ya hemos mencionado que se encuentra en un punto intermedio entre dos vicios; sin embargo, este punto intermedio no está al mismo alcance de todos, ya que algunos se encuentran más inclinados de un lado de la balanza que del otro. Por eso, es necesario conocernos a nosotros mismos para saber hacia qué extremo estamos más inclinados y a partir de ahí buscar el justo medio mediante los hábitos.

Pero, ¿cómo encontrar el justo medio? Aristóteles responderá que lo primero que se debe hacer es alejarse del vicio más peligroso (ya que siempre hay un extremo peor que otro), después, irnos alejando de las acciones que nos generen placer efímero y dolor, para irnos acercando a la virtud intermedia que generará un placer mayor. Tenemos que conocer por cuáles extremos nos inclinamos de forma más fácil y buscar hacer un contrapeso. Esto se logra mediante la acumulación de experiencias y siempre buscando la virtud.

En el libro IV, Aristóteles mencionará ejemplos de virtudes y sus extremos de los vicios: la liberalidad, que es el medio prudente con lo relativo a la riqueza; la magnificencia, que es el correcto empleo de la riqueza (en grandes cantidades y en ocasiones especiales); la mansedumbre que se refiere al manejo de las emociones; el espíritu sociable que es tener un trato agradable con las personas de forma natural, y algunas virtudes más. Señala también los vicios que conciernen a estas virtudes y los casos específicos de cada uno de ellos.

Resalto la virtud de la magnanimidad. La magnanimidad es la grandeza del alma, es el que goza de una alta estimación y lo sabe, por eso no acepta nada más ni menos: sabe recibir y dar honores de manera prudente, ya que el honor es lo que más estima. Y dado que no hay honor ni magnanimidad sin una virtud perfecta, por lo tanto debe tener una vida virtuosa para obtener el honor. El defecto de la magnanimidad es aquel de alma pequeña y el exceso sería el orgullo o la insolencia. Es un vicio la ambición excesiva por honores como lo es la total indiferencia de estos. La magnanimidad debe ser fruto de las demás virtudes, no un fin en sí.



Resumen versión de Carlos Leonardo Mendoza


El segundo libro de la Ética nicomáquea de Aristóteles está constituido por nueve capítulos a lo largo de los cuales nos muestra cuál es la naturaleza de la virtud ética, y cómo este sendero de rectitud y virtud se convierte en un modo de ser.

Aristóteles separa a la virtud en dos clases: la dianoética y la ética, y señala que la dianoética se origina y crece a través de la enseñanza, por lo que exige tiempo y experiencia; y la ética que está íntimamente ligada a la costumbre (que viene del griego “ethos”, carácter).

Esto nos demuestra que ninguna virtud es producto de la naturaleza en nosotros, sino que es necesario desarrollarlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. Cabe mencionar que la costumbre, es decir el hábito, es primordial para la adquisición de la virtud.

Ahora bien, partiendo de la observación de la naturaleza, es posible darnos cuenta de que las cosas se destruyen por defecto o por exceso: ”la moderación y la virilidad se destruyen por el exceso y por el defecto, pero se conservan por el término medio”.

Asimismo, Aristóteles argumenta que la virtud moral está relacionada con los placeres y los dolores, ya que el ser humano tiende a hacer  “lo malo a causa del placer”, y en consecuencia nos apartamos o alejamos del bien a causa del dolor. Así, el pensador griego subraya que para el ejercicio y puesta en práctica de la virtud, “es necesario haber sido educados desde jóvenes, como dice Platón, para poder alegrarnos y dolernos como es debido”.

Al hablar del término medio o justo medio, se refiere a un modo de ser selectivo, pues este término medio es relativo a nosotros y es determinado por la razón y por las decisiones del hombre prudente. Ello refiere a un medio entre dos vicios, es decir, uno por exceso y el otro por defecto.

Sobre este mismo punto destaca la dificultad que existe para ser virtuoso, pues resulta verdaderamente complejo colocarnos en el verdadero medio, de donde se puede señalar entonces que la práctica y manifestación del bien resulta rara y bella.

Ahora bien, en el libro IV (constituido también por nueve capítulos), Aristóteles se ocupa, inter alia, del honor. Al respecto, utiliza el término magnanimidad ya que este refiere al hábito de dar y recibir honores. Por el lado del exceso está la vanidad y por el lado del defecto la pusilanimidad. En este libro IV, Aristóteles describe diversas virtudes y entre las que destaca el hombre liberal, aquel que no recibe alabanzas por los triunfos obtenidos en la batalla, ni por su juicios, sino por la manera en que es capaz de dar y recibir riquezas, pero sobre todo en prodigar dichas riquezas (por riqueza es necesario entender que es todo cuyo valor es posible medirlo en dinero). Es fundamental dar sin ofender con la dádiva, pues el verdadero virtuoso es aquel que comparte lo que posee y no el que da lo que le sobra.

Por lo general, al hombre le es más fácil tomar que dar, pues se está menos dispuesto a desprenderse de los bienes que se han acumulado. Sin embargo, el hombre virtuoso se caracteriza por estar en disposición de dar a aquel que se lo merece antes, que recibir algo que no se ha ganado. Otro punto en el que Aristóteles enfatiza es en la prodigalidad y la avaricia, estos dos son vicios por exceso y por defecto, ya que la primera se excede en el dar y en el no tomar, mientras que la segunda se centra en el tomar olvidándose casi o por completo del dar. Por último, Aristóteles define la magnificencia como aquella virtud relacionada con las grandes obras, el objeto de culto y el sacrificio a los Dioses. En todo momento debe comportarse con moderación el varón prudente ya que esa magnanimidad lo coloca como el hombre más virtuoso, sobre todo si se considera que el verdadero buen hombre es aquel digno de honor.

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